martes, 16 de febrero de 2010
Aplausos para mí
Yo dormía muy plácidamente, cuando a la 1:30 am sonó mi celular. Era un mensaje de él. De aquel treintón que había decidido desaparecer de mi vida sin aviso previo. Esta vez -a diferencia de todas las veces anteriores en las que me había escrito- la idea de contestar su mensaje ni siquiera cruzó por mi mente. Sencillamente apagué el celular y seguí durmiendo. Al final del día, cuando ya casi terminaba la jornada, me sentí orgullosa de mí misma por no sólo no haber caído en la tentación de responderle el mensaje y así arreglar para verlo, sino que, y sobre todo, me sentí bien conmigo misma al comprobar que ni siquiera me había sentido tentada por esa opción en lo absoluto. Acaso hasta me molestó que me escribiera, con ese tono jovial, como si no hubieran pasado semanas desde la última vez que nos vimos y/o hablamos. Pero la verdad es que su mensaje de alguna manera me reconfortó, porque en mi falta de respuesta quedó determinado el resultado final: él volvió a aparecer, una vez más, pero esta vez fui yo la que decidió poner punto final.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario