Las vacaciones fueron perfectas. Me enamoré de Brasil, de sus ciudades, de sus playas, de sus calles, de sus comidas, de sus negocios, de su gente. Con las chicas, disfrutamos de cada segundo del día. Desde el desayuno bien temprano, pasando por los minutos inertes haciendo la plancha en el mar. Disfrutamos de cada paso dado conociendo un lugar nuevo y cada risa ocasionada por nuestro intento de comunicarnos en portuñol con los brasileiros que a su vez se reían con nosotras de nosotras mismas. Todo era perfecto.
Pero claro, como no podía de ser de otra manera, en una perfecta mañana de mis perfectas vacaciones, me desperté de golpe, con pesada angustia, provocada por un mal sueño. Sí, había soñado con él, con el bendito treintón. Ahí estaba yo, feliz y divertida en Camboriú y ahí estaba él, vivito y coleando en mi subconsciente. No puedo creer las ganas de molestarme que tiene cierta gente.
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